El debate sobre el niqab vuelve cada cierto tiempo al espacio público español. A veces como cuestión jurídica. A veces como símbolo político. Y, no pocas veces, como una conversación construida más sobre el ruido que sobre la realidad.

En una entrevista publicada por El Español y recogida posteriormente por Teleceuta, Adil Mohamed Hachmi, imán y responsable de asuntos religiosos del Centro Cultural Islámico de Madrid, abordó esta cuestión desde una posición clara: antes de regular un problema, conviene comprobar si ese problema existe realmente.
Su reflexión no se limitó al uso del burka o del niqab. También habló de integración, libertad religiosa, convivencia, pluralidad cultural y del papel que puede desempeñar una institución islámica en una sociedad democrática como la española.
Un debate que parte de una premisa equivocada
Adil Hachmi fue directo al señalar que el debate sobre el burka en España parte, en su opinión, de una base falsa. Según explicó, el uso del burka es inexistente en la práctica y el del niqab resulta absolutamente minoritario dentro de la comunidad musulmana.
La cuestión, por tanto, no sería solo si debe prohibirse o no una prenda concreta, sino si tiene sentido colocar en el centro del debate público un fenómeno casi inexistente. En sus palabras, se estaría hablando de “un problema que no es real”.
Desde esa perspectiva, una prohibición general podría acabar generando efectos poco razonables. Hachmi advertía de una posible paradoja: si se prohíbe cubrirse el rostro de forma amplia, también podrían verse afectadas prendas comunes usadas en invierno, como una gorra o una braga para protegerse del frío.
El fondo de su argumento es sencillo, pero importante: la legislación debe responder a realidades sociales, no a fantasmas amplificados por la discusión política.
La integración no se demuestra con sospechas, sino con hechos
Nacido en Ceuta y formado en ciencias islámicas, Adil Hachmi defendió que la comunidad musulmana en España está mayoritariamente integrada y respeta el marco legal vigente.
Su posición parte de una afirmación institucional clara: todos los ciudadanos, musulmanes o no, viven bajo la Constitución española y bajo el imperio de la ley. No hay una excepción religiosa ni una zona aparte. Hay ciudadanía, derechos, deberes y un marco común de convivencia.
También expresó una valoración positiva de la democracia española, especialmente cuando se compara con la situación política y social de muchos otros países del mundo. Esa afirmación no es menor. Sitúa su discurso lejos del repliegue identitario y cerca de una idea básica: la pertenencia religiosa no excluye la lealtad cívica.
En relación con el debate político, Hachmi afirmó que no teme la llegada al poder de ningún partido si esa llegada responde a la voluntad democrática de los ciudadanos. Lo que sí cuestionó fueron los planteamientos populistas que usan el Islam como herramienta de confrontación.

Islam, cultura y prácticas sociales: no todo es lo mismo
Uno de los puntos centrales de la entrevista fue la diferencia entre Islam y comportamiento de los musulmanes.
Hachmi rechazó que el Islam, como religión, promueva el aislamiento de la mujer. Para explicar esta cuestión, distinguió entre la doctrina religiosa y las prácticas culturales que pueden encontrarse en distintos países, comunidades o contextos históricos.
La idea es fundamental: una cosa es el Islam y otra cosa son las costumbres, tradiciones o errores de quienes se identifican como musulmanes. Confundir ambas realidades lleva a juicios injustos, análisis pobres y debates que no ayudan a comprender nada.
El mundo musulmán es diverso. Existen decenas de países de mayoría musulmana, con realidades sociales, jurídicas, culturales y políticas muy distintas entre sí. Reducir toda esa complejidad a una sola imagen es, sencillamente, una forma de empobrecer la conversación.
La mezquita de la M-30: culto, cultura y servicio social
La entrevista también permitió explicar la función del Centro Cultural Islámico de Madrid, conocido popularmente como la mezquita de la M-30.
Fundado en 1987 y considerado la mezquita más grande de España, el centro no funciona únicamente como lugar de oración. Es también un espacio educativo, cultural, social e institucional.
Según explicó Hachmi, el centro mantiene sus puertas abiertas a visitantes de distintas confesiones y promueve el diálogo interreligioso. Esa apertura tiene un valor evidente en una sociedad plural: conocer de cerca una realidad suele desmontar más prejuicios que cien discursos abstractos.
Durante el mes de Ramadán, la actividad del centro se intensifica. Además de las oraciones diarias y nocturnas, como el rezo de Taraweeh, se desarrolla una labor social importante mediante la distribución del iftar, la comida con la que se rompe el ayuno.
De acuerdo con lo explicado por el imán, el centro llega a ofrecer el iftar a entre 1.000 y 1.500 personas cada día durante ese mes. No se trata solo de un acto religioso. Es también una expresión concreta de comunidad, asistencia y hospitalidad.
El papel del buen ejemplo
En su mensaje final, Hachmi dirigió una llamada tanto a musulmanes como a no musulmanes.
A los musulmanes les recordó la importancia de actuar con ética, moral y buen ejemplo. No como una estrategia de imagen, sino como una responsabilidad espiritual y social. La mejor defensa frente al prejuicio no siempre está en la réplica inmediata, sino en una vida coherente, útil y reconocible por su rectitud.
A quienes no profesan el Islam, les invitó a acercarse al centro y conocer de primera mano su labor. Esa invitación es significativa: no pide adhesión, sino presencia; no exige acuerdo previo, sino disposición a mirar sin prejuicios.
Porque la convivencia no se construye desde la caricatura. Se construye desde el conocimiento, la relación y la experiencia directa.
Una conversación necesaria sobre libertad religiosa y convivencia
La entrevista de Adil Hachmi abre una cuestión más amplia que el debate sobre una prenda concreta. Habla de cómo una sociedad democrática gestiona su pluralidad. Habla de libertad religiosa, de límites legales, de responsabilidad pública y de la necesidad de no convertir lo excepcional en amenaza permanente.
También recuerda algo esencial: la integración no consiste en borrar la identidad religiosa, sino en vivirla dentro de un marco compartido de respeto, legalidad y convivencia.
En tiempos de discursos rápidos y sospechas fáciles, la palabra serena tiene valor. No porque evite los debates difíciles, sino porque los coloca en su sitio.
Y en este caso, el sitio parece claro: menos ruido sobre problemas inexistentes y más atención a lo que de verdad sostiene una sociedad común. Educación, respeto, prosperidad, justicia y encuentro.
Fuente: entrevista publicada por El Español y recogida por Teleceuta el 1 de marzo de 2026.







